viernes 16 de noviembre de 2007

Cumpleaños sorpresa

Siempre me entrevero mucho cuando intento recordar al flaco Alberto. Lo primero que me viene a la mente son su jean gastado y su remera multicolor. Su pelo entrecano, grueso, largo y ondulado son a esta altura convicciones más que recuerdos. Sin embargo puedo recordar nítidamente su voz ronca y estoy segura de poder reconocer su perfume Es increíble pero recuerdo más el perfume que su boca. Es que olía lindo, olía a algo que me gustaba mucho. Era alto, delgado, un poco desgarbado y tendría unos treinta y pocos años. Yo a esa altura tenía un poco menos de doce y adoraba el día que venía a visitarnos. Siempre caía de improviso y cuando tenía suerte mi tío no estaba y se quedaba hablando conmigo mientras él llegaba. Pero todo esto era mi gran secreto.

¿El sospecharía algo? ¿Le hubiera gustado verme de grande?

El Flaco Alberto trabajaba en algo relacionado con la salud y había sido compañero de liceo de mi tío Raúl. Vivía lejos de casa, por la zona de Capurro. Nunca supe su estado civil. Jamás me atreví a preguntarlo. Pero no era hombre de andar solo, de eso estoy segura. Venía a casa en ómnibus y le gustaba escuchar cualquier tipo de música. Incluso tenía la paciencia de sentarse a escuchar Menudo conmigo. Varias veces me prometió llevarme al cine, pero nunca cumplió. Me contaba historias que leía o se inventaba. El Flaco era un tipo sensible que daba la impresión de saber escuchar. Y era muy seductor. Me parece que siempre decía algo a la vez gracioso, ocurrente e inteligente. ¿Sería así realmente? Por las dudas no quisiera tener acceso al túnel del tiempo.

Me acuerdo de aquella vez que vino un día de lluvia. No traía paraguas y estaba empapado. Por suerte era uno de esos días en los que no estaba el tío. Yo estaba sola o casi sola.-la abuela estaba con toda su sordera en el fondo mirando telenovelas-. Ni bien llegó me pidió que le prestara una remera de Raúl. Fui al cuarto y le traje la remera más linda que encontré. Se la di. Inmediatamente se sacó el buzo… allí delante de mí. Tal vez suponía que yo no tenía interés en verlo semi -desnudo. Se equivocaba. Esa fue la única vez que lo vi así. Y me gustó más...mucho más que con ropa. Su piel tostada... Daban ganas de tocarlo. Sin embargo no me detuve en esos pensamientos, le hablaba de la escuela, de un libro que me habían prestado. Cuando le empecé a contar que había sido elegida como la encargada de la biblioteca de la clase ya estaba vestido nuevamente. Respiré profundo y seguí hablando de cosas que me importaban bien poco.

Ese es el último recuerdo nítido que tengo del Flaco en el inicio de mi pubertad.

Hace unos meses –cuando empecé a recordarlo en forma persistente- fui a la casa de Raúl y le pregunté como quien no quiere la cosa si había sabido algo del Flaco. Se sonrió al recordarlo y me dijo –No, pah…el flaco..qué recuerdos. Pero se había mudado al centro creo hace años. Alguien me contó que se había casado. Por?-

Por?, por? Por?....yo que sé … porque quiero verlo y punto pensé, pero le dije cualquier otra cosa que el tío se creyó igual. Nunca fue muy despierto que digamos.

Mi tía que oyó la conversación me dijo que supo que el flaco había tenido 2 hijos y que la mujer era enfermera de La Española.

Eran muy pocos datos para buscarlo. Entonces por primera vez me senté y pensé seriamente y me di cuenta que quería verlo. Tenía muchas fantasías con el Flaco. Busqué en la guía telefónica de Internet su teléfono. No figuraba. Tal vez estuviera a nombre de su esposa. Sin embargo encontré teléfonos de gente con su mismo apellido. Precisaba averiguar el apellido materno para ver si así encontraba algún hermano si es que tenía. Mi tía era una perfecta fuente de información para estas cosas. Le dije que estaba organizándole una fiesta sorpresa al Tío y que estaba tratando de ubicar amigos de su juventud y que por eso le había preguntado por el Flaco Alberto. Mi tía quedó entusiasmadísima con la idea y encontró los dos apellidos del Flaco en una lista de alumnos de cuarto año de escuela: Andreoni García. Esos eran los apellidos. Y confirmado tenía varios hermanos, uno de ellos había sido compañero de liceo de la tía.

Nueva búsqueda en Internet. Aparecía uno de los hermanos, un tal Juan José Andreoni García. Llamarlo con la excusa de la fiesta sorpresa por el cumpleaños Nº 50 de mi tío era creíble. Encaré con esa idea. Llamé al teléfono que conseguí. Estaba nerviosa como pocas veces lo estuve. Iba a mentir y no me daba lo mismo. Nunca fui una buena mentirosa. Me atendió una voz de mujer. Expliqué mi teoría. La mujer era la cuñada del Flaco y se acordaba de mi tío. Me preguntó cómo estaba él y me preguntó por toda mi familia. Se ve que tenía buena memoria. Finalmente y luego de hablar de todos mis primos, me dio el teléfono. Lo anoté.

Ya lo tenía. Ahora a llamar al Flaco. Casado, hijos y con cincuenta años. Veintiocho años contra cincuenta. ¿Pero qué estaba pensando yo en ese momento? No sé que pensé, pero esperé a que llegara la noche y lo llamé. La noche siempre me pareció que abriga más. La oscuridad es más compañera que la luz. Me daba más ánimos. Llamé. Por suerte me atendió una voz de hombre ronca.

Las rodillas me temblaron. Del corazón mejor ni hablar. Las manos sudaban y temblaban también al compás de las rodillas.

-Hola, Alberto?

-si, quién habla?.

-Mirá Alberto, no sé si te vas a acordar de mí, yo soy Rocío la sobrina de Raúl Gómez, compañero tuyo de escuela y liceo – no me dejó terminar la explicación

-Rocío! Siii! Pero…¿ cómo estás? ¡Qué sorpresa esta llamada!

-Jaja, si. Tanto tiempo, ¿no?. Te llamo porque estoy organizando con bastante anticipación una fiesta sorpresa para Raúl que en un par de meses cumple 50 años. Y estoy tratando de llamar a todos los amigos de aquella época y obvio que el primero que se me ocurrió fuiste vos Flaco.

-Pero qué bueno Rocío. La verdad que es una alegría bárbara que me hayas llamado.

Ahí me distendí. Le conté que había estudiado arquitectura, que me había recibido hacía unos meses. Le conté que vivía sola en un departamento alquilado cerca del zoológico. Y él me contó que estaba casado, que tenía 2 hijos y que trabajaba en el laboratorio de la Española y del Casmu. Respecto a la excusa de mi llamada me dijo que contara con él para contactar a más gente. Me dijo que justo se había encontrado con Fabián Cuello –otro de la barra- hacía unos quince días y había quedado con su teléfono. Le dije que contaba con él para los preparativos entonces, pero que no se me ocurrían muchas ideas, que si él pensaba algo que me avisara. Me dijo que si, me pidió mi teléfono y me dijo que me llamaba.

Adoré esos minutos de conversación. El recuerdo que tenía no estaba errado. Seguíamos teniendo la misma onda. Me pareció que seguíamos conectados como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado. Volvíamos a coincidir en un montón de cosas. Siempre había sentido como mágicos los encuentros con el flaco y creí que eso seguía manteniéndose.

Más allá de la diferencia de edad que teníamos el Flaco nunca me había tratado como a una nena. Antes y ahora también, me trataba de igual a igual. Y eso me gustaba. Me incluía. Me pareció que tenía una conversación jovial. Como antes.

Esperé unos días su llamada pero no sucedió. Claro…el cumpleaños de mi tío iba a demorar en llegar. Era lógico que también demorara en llamar. A los diez días de mi contacto, exactamente un miércoles a las diez y media de la noche sonó el teléfono en mi apartamento de la calle Rossell y Rius. Atendí. Era el Flaco, se disculpó por la hora pero me dijo que era el único momento en el que podía hablar tranquilo. Le dije que no había problema. Me dijo que había estado pensando en posibles sorpresas para Raúl y me explicó diferentes opciones. Todas me parecían geniales, pero debía mostrarme más crítica. Objeté algunos detalles. Me propuso juntarnos para discutir las ideas y armar la sorpresa. Tuve ganas de saltar de alegría en el momento que me propuso eso. Siiiiiiiiiii! Si si si si!!! Objetivo cumplido. Pero en vez de tanto alboroto, le dije

–Bueno, si, tenés razón. Capaz que estaría bueno juntarnos y tirar las propuestas que se nos han ido ocurriendo

-Si claro, así además nos vemos ché.

Coincidíamos nuevamente, pero el flaco siempre fue mucho más espontáneo. Yo nunca me hubiera animado a decirle eso.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente en un bar a las siete de la tarde. Bromeé con la idea de no reconocernos y me dijo: -no flaca…cómo no nos vamos a reconocer, vos estás loca? –

Suerte que el día del encuentro yo tuve que salir solo un rato de mañana. El resto del día me quedé en completa quietud física, pero no psíquica. Estuve dedicándome a fantasear. No me iba a preocupar por el baile en el que me había metido con el cumpleaños del Tío, de eso iba a salir de alguna forma. Lo importante era que pude conseguir lo que quería.

A las seis de la tarde me bañé, me arreglé y cuarenta minutos después estaba tomando el ómnibus que me llevaba al café del encuentro. Nunca me había parecido tan banal todo lo que me rodeaba. Cualquier conversación me parecía absolutamente carente de sentido. El ómnibus demoraba mucho en arrancar luego de cada parada. Para mejor justo a mitad del camino el chofer se cruzó con otro ómnibus de la misma línea que venía en sentido contrario. Como justo esa calle estaba bastante tranquila se quedaron hablando de ventanilla a ventanilla. Bromeaban con el fútbol. Hablaban de un asado. En medio de la conversación el guarda comenzó a opinar también. Se reían con risotadas chocantes. Me puse nerviosa. Casi me bajo para tomarme un taxi, pero estaba bien de tiempo. No quería llegar tan temprano. Lamentablemente era verano, y en verano a las siete de la tarde todavía hay sol. La luz, la maldita luz que quita intimidad y nos pone al descubierto. Solo Dios sabe los divagues que pensé en el trayecto del ómnibus. No se salvó nada ni nadie. Las situaciones que imaginé iban desde el plantón hasta el escape juntos fuera del país. Casi olvido tocar el botón de “avise antes de bajar”. Llegué. Había varias mesas ocupadas por hombres solos. Sin mirar muy detenidamente a ninguno de ellos entré al bar, comencé a caminar por entre las mesas con aire de “no me importa”. Estaba segura que nos íbamos a reconocer enseguida. Pero aparentemente el Flaco no estaba allí. Me senté en una mesa contra la ventana y me pedí un café. Cinco minutos después entró el Flaco. Estaba tal cual lo recordaba. El pelo un poco más corto y un poco más canoso. Algunas arrugas marcadas en la frente, pero el resto…igual. Sonreí. Me sonrió. Se acercó a la mesa. Me paré. Me abrazó y me dio un beso. Tenía el mismo perfume. Se lo dije. Volvió a sonreír. Nos sentamos. Me acarició el brazo y me dijo:

-Qué alegría verte Rocío!!!

Empezamos a hablar y a recordar un montón de cosas de la época en la que iba por casa seguido. De sus andanzas con el tío. De las cosas que yo le decía –parece que era bastante irreverente con él y eso le hacía mucha gracia. Yo no me acuerdo de haber sido así con él, pero no iba a contradecirlo.

Me contó que además de su trabajo de siempre se había dedicado mucho tiempo a pintar. Incluso había logrado vender algunos cuadros. Me habló de sus hijos, uno tenía doce años y otro ocho. No me habló de su mujer y yo tampoco pregunté. Eso no había cambiado.

Nos divertimos mucho. Me dolía la mandíbula de tanto reírme. Me sentía muy cómoda. Empecé a jugar concientemente con mi condición de mujer joven. Empecé a desplegar un sutil juego de seducción. Después de todo se lo merecía. Es increíble, pero el Flaco era una de las pocas personas que yo podría decir que conozco. Sabía qué le gustaba sin que me lo hubiera dicho jamás. Creo que nos parecíamos mucho, ahí estaba la ventaja. Luego de una hora y media de estar allí le dije al flaco que tenía que irme, que al otro día trabajaba muy temprano. Me dijo que había venido en auto y que me llevaba a casa. De camino pasábamos a buscar a la mujer que salía de trabajar a esa hora.

Del resto del día, no recuerdo nada.

lunes 29 de octubre de 2007

continuará

Si tuviera que contarles quién soy preferiría mentirles y decirles que soy Martín Otegui Santos, montevideano de pura cepa y jugador de fútbol los domingos. Pero nada de eso es cierto, salvo que sí me llamo Martín. Vivo en Santa Rosa, un pueblo de Canelones. Siempre viví acá, en la misma casa, con mis padres. Mis hermanos se fueron. Yo no pude. Siempre dependo de alguien o de algo desde el accidente. Iba en moto con Andrés y chocamos. Me caí y perdí muchas cosas además del sentido. Cuando me desperté estaba así, sin poder caminar. Andrés viene a verme cuando tiene tiempo. Y cada vez tiene menos tiempo. Pero viene igual. Es que él manejaba cuando tuvimos el accidente, y de él fue la idea de jugar la carrera con el más grande de los Rodríguez. No pude negarme porque era Andrés. De haber sabido que iba a llegar Karina al pueblo, me hubiera negado sin duda. Yo pensé que aceptando sus ideas él iba a aceptar mi propuesta aunque más no fuera como agradecimiento. Tuve miedo cuando tenía 17 años y sigo teniendo miedo ahora diez años después, de no verlo más si digo algo que pueda importunarlo. Es un hombre con carácter fuerte y eso es lo que más me gusta. Seguramente su mujer, Karina Otegui Santos, comparta esta opinión conmigo…

viernes 21 de septiembre de 2007

20 líneas por día

Tengo un poco más de seis meses por delante. No es un alivio. Es una carga. 20 líneas por día. Es una obligación. Fundamental el hilo conductor. Fundamental la idea. Fundamental las ganas. No tengo nada de eso. Es un trabajo. Me pagan. Preciso el dinero. Ya comencé. No era tan difícil. 20 líneas, ya descontaré las del día de hoy y serán 20 nuevas para mañana. Pero no estaría mal adelantar. Para cuando tenga menos idea que hoy. Me concentro en la ortografía. Los tildes, las eses que son ce, o que son zeta y que son parientes de las be larga y las ve corta. Me concentro. Cero falta es la meta. Sobresaliente. Con eso puedo. Puedo con la puntuación. No puedo con la creación. Y me faltan once líneas. Y no llego. Sigue sin estar el hilo conductor.

La idea. La obsesión de la idea. Y la forma, tengo que buscar darle una forma que enganche, que sea fácil de leer. Abuso de las frases cortas. Las frases largas son más complicadas, requieren una idea más fuerte que se pueda alargar y ser coherente. Es más fácil escribir de a pedazos cortos. Vocabulario, falta vocabulario. Leo pero no logro asimilar palabras nuevas. Vocabulario pobre, así se dice. O paupérrimo que suena peor. La punta del hilo tiene que aparecer. La punta. Ahí está, tengo que alcanzarla. Pero se va. Asoman nada más unas hebritas de la punta, no alcanzo a aferrarme a ellas. Vuelve a irse. Si tuviera las uñas largas sería más fácil. Pero recién acabo de cortármelas. Me molestaban. Se quebraban. Son débiles antes y después de cortarlas. Pausa. Aparecen las hebras y aparece más del hilo. El hilo es blanco. Parece viejo. Un blanco que estuvo mucho tiempo guardado en aquella lata de galletitas que luego fue un costurero. En ese costurero había hilos de todos colores. No recuerdo que esos hilos se hubieran acabado nunca. No recuerdo haber ido a comprar hilo jamás. Herencia de herencia de herencia. La costura. Los juegos en el piso con las cosas del costurero rodando por el piso. Colores fuertes. Colores lindos. Y botones mezclados. Botones huérfanos. Muy pocos estaban de a dos. La mayoría estaban solos. El pasillo, el piso de piedras de colores. Los botones y los hilos. Y algunas hebillas de viejos vestidos. Todo servía. Y serviría ahora también. Pero no sé donde están. Se perdieron, se regalaron, se tiraron. La lata herrumbrada. Ojalá estuviera enterrada en algún lugar del fondo de aquella casa. Y alguien la desenterrara en un tiempo, o en muchos tiempos. Y la abriera. Y encontrara material para escribir las líneas que quisiera por día o por hora. Libre. Espontáneo. Así.

El abuelo

Debajo de la manta que estaba sobre el acolchado. Debajo de la sábana. Debajo del colchón. Es decir...debajo de la cama. Ahí estaba la foto. Una foto muy rara porque estaba ahí. En un portarretrato hubiera sido una foto normal. Pero estaba ahí, debajo de la cama. Era chica y en blanco y negro. Era una foto del abuelo. Estaba parado con un rifle en la mano. Le gustaba mucho ir a cazar. Y ahí se lo veía contento. Claro...aún no había conocido a la abuela, que no era tan mala como parecía. O sí. No sé, no se puede ser objetivo cuando alguien ya está muerto.

Pero dicen por ahí que era una bruja. Bruja pero recta. Bruja pero de buenos sentimientos. Eso dicen.

Pero la foto estaba ahí sin abuela a la vista. Estaba ahí y nunca antes la habíamos visto. Y eso que limpiábamos la casa una vez por semana como mínimo. Está bien que éramos cuatro varones viviendo solos, pero no teníamos el relajo esperable en estos casos. Éramos cuatro hermanos varones prolijos. Y claro que limpiábamos. Y pasábamos la aspiradora. Pero esa foto nunca había estado. Es más...el abuelo nunca vivió en esta casa. Y mucho menos conoció la cama donde dormía Santiago.

Pero como buenos hombres que somos decidimos enfrentar la situación.

Los cuatro frente al misterio de la foto. Nos sentamos alrededor de la mesa redonda, nos miramos y nos pusimos de acuerdo: teníamos que explicar lo sucedido.

3 ingenieros y 1 estudiante de matemática. Lógica teníamos de sobra.

Empezamos a llamar a la familia, para saber si alguien tenía una foto parecida o se acordaba de haberla visto. Pero nadie la había visto nunca. Tal vez nuestra descripción telefónica no era muy acertada y por eso nadie la reconocía, pero era una foto que si la veías una vez no la podías olvidar, porque el abuelo estaba con una muy linda sonrisa y vestido de gaucho cazador. No era una foto común. Le preguntamos a Mamá si ella había visto alguna vez esa foto en una caja y tal vez por casualidad se le hubiera caído en nuestra casa y nos dijo que no. Fue productivo, al menos hablamos con la vieja luego de tres meses sin dirigirnos la palabra. Nos peleamos los cuatro en bloque luego de que abriera sin permiso una carta que había llegado a su casa a nombre de Nicolás. La carta era de la novia de Nicolás. Fue una situación muy fea para todos, pero teníamos que actuar todos juntos y hacia el mismo lado para que el impacto fuera mayor. Es que la vieja era hija de la abuela. No podía negarlo. Volviendo al misterio de la foto, y luego de oír los llantos de Mamá ante la emoción por el regreso de sus hijos, nos enteramos que ella tampoco había visto la foto jamás en su vida y la muy astuta usó la oportunidad para venirse en un periquete a casa con el pretexto de ver bien el atuendo del abuelo, el rifle, etc. Pero nada. Tampoco ella se explicaba por qué eso estaba ahí, en el piso, tirado o escondido.

¿Escondido?...Pablo empezó a esgrimir esa teoría. Que el abuelo desde el más allá estaba intentando decirnos algo y que para no espantarnos había escondido la foto, para que la encontráramos en algún momento y descifráramos el mensaje. Claro...si hubiéramos encontrado la foto sobre la mesa hubiera sido más impactante, o más tenebroso capaz. De todas formas, un mensaje que se piensa viene desde el mundo de las tinieblas es siempre tenebroso, aunque aparezca en una caja color rosa.

La teoría de Pablo fue la que más prendió. Buscamos señales en la foto. La escaneamos y la imprimimos en una muy buena calidad. Pero no nos dábamos cuenta de ningún mensaje ni oculto, ni a la vista. Lo único que veíamos era al abuelo feliz.

Empezamos a manejar hipótesis psicológicas, como que quería decirnos que ahora si era feliz porque no estaba con la abuela. Pero la abuela también estaba muerta, así que muy lejos no podían estar. Seguramente ella lo había buscado y lo había encontrado.

Pensamos que era una foto sacada en el Mas Allá mismo. Jugamos con la teoría de un Otro mundo sin colores, jugamos con el tema del tiempo, que cuando uno se muere empieza el camino inverso, o sea, empieza a rejuvenecer, así hasta volver a nacer y volver a morir, etc. Por eso el abuelo se veía joven, descartando la idea de una foto vieja y asumiendo que tal vez fuera una foto recién sacada. No nos cerraba la idea de que en el más allá la tecnología estuviera tan retrasada, la foto estaba sacada con una máquina antigua. Fuimos y venimos con las teorías, pero no dábamos con la tecla del misterio. Varias noches estuvimos sin dormir, mirando con lupa cada detalle de la foto. Mirábamos cada hoja del árbol que estaba atrás del abuelo, mirábamos la escopeta, los zapatos, mirábamos al detalle la pala que había tirada al lado del pozo. Pero nada, ahí no había ningún mensaje. Es una lástima que pudiéndose comunicar con sus nietos no nos dijera nada. Un día jugando a la copa le pedimos que nos diera señales más claras. Ojala que nos haya escuchado.

/Armá virumcué káno/

-Se dice como se escribe. Así...igualito. No puede no salirte. Intentalo de nuevo.

Cada vez que intentaba leer algo en otro idioma le pasaba lo mismo. Quería meter –por ejemplo - acentos propios de la lengua inglesa en palabras latinas. Quería pronunciar como en francés cada vez que aparecía una erre. Digamos que hacía un mix de las cosas más representativas de cada lengua y las aplicaba todas juntas a un texto cualquiera sin importar en qué idioma estuviera escrito. Claro está que de vez en cuando le pegaba a alguna pronunciación, pero es justo decir que esto era lo menos frecuente.

Pero no lo hacía de gusto. Es que en su infancia había sido un niño prodigio. Era increíble la rapidez con que aprendía cualquier cosa. Y bueno, lo que más le gustaba eran los idiomas y aprendió muchos. Muchos más de los que cualquiera de nosotros pudiera enumerar en este momento. Dedicó los años de su niñez y primera juventud a estudiar idiomas. En aquella época se lo podía ver por la calle hablando con quien fuera en el idioma que le pidieran. Podía recitar las declinaciones latinas en solo cinco minutos sin cometer ningún error. Podía traducir casi simultáneamente y en voz alta el texto que estuviera leyendo.

Pero claro...vino la adolescencia, vinieron los cambios hormonales y vinieron los granitos. Miles, millones de granitos. No quedó lugar de su cara libre de ellos. Si se apretaba un grano, seguro apretaba cinco a la vez, porque no había lugar con piel lisa para usar como punto de apoyo. Y parece que con los granos y las hormonas y la crisis de la adolescencia, el saber se le mezcló. Como una especie de efecto licuadora.

Poco a poco fue perdiendo la capacidad de discernir una lengua de la otra. Todo era para él un continuo. Como una masa amorfa. Tal vez volvió al estado inicial, aquél del que se habla, aquel anterior a la aparición del lenguaje en el que no se podía estructurar el pensamiento. Pero no, en realidad el podía pensar, lo que no podía era expresarlo en una sola lengua, o más bien, no es que no pudiera, es que se le hacía muy difícil. Entonces todo se le enlentecía. Si iba a pedir el boleto en un ómnibus...era un infierno. Cuando lograba decirle al guarda lo que quería seguro que ya habían llegado a destino. En estos casos contaba con la ayuda de la experiencia del guarda que suponía que lo que quería era un boleto y lo salvaba rápidamente de tan complicada situación.

Es que saber mucho complica, esa es la conclusión a la que llegamos todos sus amigos. Quienes lo conocimos y lo vemos ahora estamos seguros que no vale la pena saber tanto, porque no es sano. Meter mucha información en la cabeza daña. Y es lógico. El saber se mezcla, no conoce de límites, no conoce de fronteras. El saber es invasivo. Por eso es preferible saber poco. Y con eso, manejarse.

martes 13 de febrero de 2007

10 de enero

Y así supongo que son las cosas de la vida.
Hace 34 días que estoy pensando en escribirte.
Intenté escribir algo en tercera persona y no pude.
Pensé en no escribir nada y no estuve de acuerdo.
Traté de escribir un relato fantástico que en forma de metáfora te dijera algo y me pareció medio boludo.
A veces las cosas más grandes, más evidentes, lo son tanto que no podemos ni siquiera nombrarlas. Te desbordan.
-Esto está tomando forma de caos escrito y no es la idea-¿Por qué seguir dando vueltas para decir cosas sencillas?. Realmente no lo sé. Pero sigo dando vueltas. Me levanto, me sirvo agua en este vaso que no es de requesón...y sigo...pero el caos sigue aquí, invadiendo mi cabeza.
Es imposible pensar claro, los conceptos se mezclan, se intersectan, como los conjuntos de los que alguna vez me hablaron en matemática.
Superposición de ideas.
Pienso mucho.
Siento mucho.
Temo mucho.
Y también estoy siendo muy feliz, tanto que me emociona.
Y me paralizo y observo. Te observo. Me muevo pero siempre quedo como espectadora, tal vez la sensación sea "es demasiado bueno para ser real" y tal vez esté esperando despertarme en algún momento y ver algo espantoso que justifique el miedo. Pero no quiero llegar a justificar nada.
Quiero seguir por infinitos 34 días más con esto.
Y quiero que seamos 2 y 3 y 4.
Y quiero vivir en Malvín contigo y con los demás números.
Y quiero cuidarte.
Y quiero sentirte.
¿Y por qué me suena tan cursi escribir sobre sentimientos? ¿por qué está bien escribirlo cuando hablan los demás y por qué desvalorizarlo cuando son míos?. Porque finalmente es mío esto que siento y lo disfruto lo más que puedo y puedo mucho y cada vez puedo más...
Y te releo en imágenes y cada vez más te quiero.
Y me sorprendo de todo, es que no estoy acostumbrada a pensar de a dos. Digo..en dos...digo....en conjunto. ¿Ves? dudo hasta del concepto más simple. Soy una especie de desastre de la comunicación.
La idea era sencilla...dejar constancia de la importancia de todo esto. Dejarlo por escrito, para tener testigos, para poder compartirlo, para que sea más cierto. Y esto es para vos....para que lo leas en voz alta o en voz baja, como quieras, y si podés también leelo para mi, o mejor... para los dos.

jueves 4 de enero de 2007

¿el túnel del tiempo?

La música - al igual que los olores - tiene el poder de transportarnos a tiempos remotos y vivirlos como si fueran ahora. Hace unas horas me reglaron la canción del mundial de Italia 90, desde ese momento lo único que estoy pudiendo hacer es recordar. Por momentos me parece estar viviendo aquella época y me gusta. Quinto año de liceo, la pollera a cuadrillé marrón que a medida avanzaba el año era cada vez más corta. Recuerdo que las clases se suspendían porque los partidos eran al mediodía. Recuerdo a la profesora de italiano que tenía los ojos muy claros y nos trajo la letra de la canción Notti magiche, recuerdo a aquel novio que era el más lindo de la clase, el más inteligente pero también terminó siendo el más tonto. Y si tuviera que ponerle un olor a ese época, diría que huele a Farala. Recuerdo haber visto "El nombre de la rosa" por primera vez en aquella época, recuerdo haber tenido mi primer acercamiento a Cervantes, recuerdo haber disfrutado muchísimo de las clases de literatura, recuerdo haber odiado las clases de Sociología, recuerdo haber amado las clases sobre el Siglo de las Luces, recuerdo haber alucinado descubriendo a Voltaire, recuerdo haber visto muchas películas de Gerard Depardieu, recuerdo haber decidido emigrar a Italia. Recuerdo haber coleccionado las figuritas del álbum del mundial, recuerdo los nombres de los jugadores, recuerdo haber guardado la foto de Jürgen Klinsmann adentro de una Biblia que todavía anda en la vuelta. Recuerdo las clases de inglés con Fernando Andatch, recuerdo mi primer acercamiento al concepto de Semiótica, recuerdo mucho mientras escucho esta canción una y mil veces. Doble click y arranca de nuevo. Muchos recuerdos, muchos sueños no concretados. Mucha energía, toda una vida por delante, mucho sol que entraba por la claraboya del patio interior del liceo. Debería escribir sobre aquella época algún día, pronto. Tengo ganas. Solo preciso la música y el olor adecuado para confeccionar mi túnel del tiempo. Es fácil.


miércoles 3 de enero de 2007

Caminos

No alcanzó a leer el cartel, pero creía que esa era la entrada correcta. Puso el señalero y se mandó hacia la derecha. Avanzó unos metros por el camino de pedregullo y no vio ninguna casa. No desistió. Siguió avanzando pero lo único que se veía a ambos lados del camino era campo. Paró el auto. Volvió a desplegar el mapa rutero y verificó el camino tomado. Estaba todo bien. Estaba en el lugar correcto según las indicaciones. Faltaba localizar la casa. Se tomó un respiro. Abrió una botella de agua sin gas que traía en la heladerita en el asiento de atrás. Aún se mantenía fresca. -Qué rica que es el agua -pensó. Tapó la botella, la puso en el asiento del acompañante, encendió el motor y siguió andando. La casa no debía estar muy lejos.Unos cuantos minutos después volvió a detenerse. Se bajó del auto. Golpeó la puerta al cerrarla. El paisaje no cambiaba. Parecía estar siempre en el mismo lugar. El calor empezaba a molestar. El camino empezaba a molestar. La tierra empezaba a molestar. El agua que se estaba acabando empezaba a preocupar. Abrió al puerta, volvió a entrar al auto. Hizo el contacto con la llave, aún tenía combustible suficiente. Emprendió la marcha. No se detuvo por un buen rato. La casa no estaba. Tiró el auto hacia la derecha, y dio la vuelta hacia atrás. No iba a seguir por aquel camino. Emprendió el camino de regreso. Era el mismo camino que el de ida pero sin la entrada, o sin salida, como siempre...depende del punto de vista.

Zzzz

Parecía el país de los gatos. Eran miles o un poco menos. De todas formas eran muchos. Algunos saltaban por las azoteas, otros estaban subiéndose a los pretiles, otros se dedicaban a saltar muros, otros se lamían las patas, otros descansaban, otros miraban, otros se subían a los árboles, otros corrían. Ninguno dormía. Los gatos rara vez duermen de noche, pero si son de Kopsias menos que menos. Porque Kopsias es el barrio de los sonámbulos. Dicen que si uno pasa por allí alrededor de las once de la noche ve una multitud de gente caminando por las calles, todos vestidos con hermosos pijamas, con los brazos extendidos y levantados a la altura de los hombros tal cual corresponde a un verdadero sonámbulo. Llevan los ojos abiertos pero fijos, no ven. Cada uno va hablando en voz alta consigo mismo. Todos hacen lo mismo. A la una de la mañana Kopsias es un verdadero escándalo. Aturde. Las casas que venden ropa para dormir abren a partir de las ocho y son visitadas por muchos kopsianos a lo largo de la noche. Los que ofician de vendedores también son sonámbulos. Para evitar la pérdida de mercadería los habitantes de este barrio pagan mensualmente una cuota al fondo común de locales comerciales para cubrir el gasto de lo que pudieran comprar cuando están en ese nivel de inconciencia. Este fondo se paga por persona. Es un tributo obligatorio y nadie se queja a la hora de pagarlo. Los únicos que duermen por la noche son los perros, lo cual explica el desfile de gatos del cual hablamos al principio. Los perros no son sonámbulos por alguna razón que nadie ha podido explicar hasta ahora. Duermen toda la noche. No ladran. Los perros se duermen en el preciso momento que sus amos comienzan su periplo "sonambulero". Los perros callejeros también duermen, no tienen un amo fijo, pero se duermen en el instante en el que se levanta el primer sonámbulo, es un mecanismo automático. Cuando amanece los kopsianos se despiertan, se levantan, se duchan, desayunan y salen a trabajar. Nunca recuerdan lo que hicieron durante la noche. Saben que son sonámbulos porque se lo contaron sus ancestros, y ellos creen que seguirá siendo así por los siglos de los siglos.

Ana

Era un domingo a la tarde, húmedo y caluroso en el principio del invierno. Ana miró por la ventana recordando el sueño que había tenido durante la pequeña siesta que se había permitido e intentaba darle un sentido a las imágenes que todavía sentía muy nítidas.

Para despabilarse totalmente se lavó la cara. Cuando se miró en el espejo y vio su rostro dudó por un momento si estaba despierta o si aún estaba soñando. Lentamente tomó la toalla y se secó. Nuevamente y para convencerse de la realidad, se miró en el espejo, se notó pálida, ojerosa, era difícil reconocerse en aquel rostro. Pensó que seguramente era porque estaba desacostumbrada a ese descanso a mitad del día. ¡Cuántos años hacía que no podía tomar una siesta!, desde que se había casado los días estaban compuestos de trabajo y nada más que trabajo. Levantarse bien temprano a la mañana, preparar el desayuno para toda la familia e inmediatamente después comenzar con la organización del almuerzo. Es que eran tantos a comer en esa casa que la preparación de cualquier evento por mas mínimo que fuera llevaba mucho tiempo. Luego de almorzar Ana se encargaba de la limpieza general, era un trabajo muy pesado que le llevaba toda la tarde hasta que empezaban los preparativos para la cena. Ana ya no se sentía con las mismas fuerzas que antes. Ese domingo era un día especial. Había logrado no sentirse culpable por permitirse tomar una siesta. Volvió a mirarse en el espejo. No sin preocupación llegó a la cocina. Notó que las tazas estaban fuera de su lugar, había cigarrillos encendidos en los ceniceros, había agua en el fuego. Ya en el comedor, vio que había más tazas de café, más ceniceros y que los almohadones de los sillones estaban desordenados. Ana se sorprendió. Ella cuidaba que siempre estuvieran mullidos y colocados en forma equidistante. Casi automáticamente fue tomando los almohadones uno a uno y los fue poniendo en orden. Llegó a la puerta del patio, miró hacia afuera. El cielo había comenzado a nublarse, el aire estaba pesado, muy pesado. Seguramente la lluvia no tardaría en aparecer. Recordó que aún no tenía nada preparado para la cena. Debía comenzar a trabajar inmediatamente si quería tener todo pronto en hora. Apuró sus pasos sobre el piso de parqué, le llamó la atención no sentir el ruido de los tacos pegando contra la madera. De pronto un escalofrío corrió por su espalda. Los almohadones estaban nuevamente en desorden. Ana dudó. ¿Los había ordenado o había soñado que lo hacía?. Sin saber por qué corrió nuevamente hacia el patio. El cielo estaba más nublado aún. Traspasó la puerta y se dirigió hacia el galpón. La maquinaria estaba todavía caliente, como si la hubieran estado usando hasta hace unos minutos. Pero allí no había nadie. Desesperadamente corrió dentro del galpón buscando a alguien, pero no... efectivamente estaba sola. Logró salir nuevamente al patio, la lluvia ya había comenzado. A lo lejos se escuchaban los relámpagos. Ahora el cielo estaba completamente tapado. Logró cubrir su cabeza con el saco que llevaba sobre los hombros. Entró nuevamente en la casa. Los almohadones seguían allí, desordenados. La cocina también. Las tazas de café seguían sobre la mesa. Los cigarrillos ya se habían consumido. Volvió a su dormitorio. Intentó volver. La puerta estaba cerrada. Dentro se oían ruidos. Lamentos. Quejidos. No tuvo el valor suficiente como para abrir la puerta. Supo además que no le convenía hacerlo. Volvió al patio. Miró hacia el horizonte y caminó en esa dirección. La lluvia era cada vez más fuerte.