Siempre me entrevero mucho cuando intento recordar al flaco Alberto. Lo primero que me viene a la mente son su jean gastado y su remera multicolor. Su pelo entrecano, grueso, largo y ondulado son a esta altura convicciones más que recuerdos. Sin embargo puedo recordar nítidamente su voz ronca y estoy segura de poder reconocer su perfume Es increíble pero recuerdo más el perfume que su boca. Es que olía lindo, olía a algo que me gustaba mucho. Era alto, delgado, un poco desgarbado y tendría unos treinta y pocos años. Yo a esa altura tenía un poco menos de doce y adoraba el día que venía a visitarnos. Siempre caía de improviso y cuando tenía suerte mi tío no estaba y se quedaba hablando conmigo mientras él llegaba. Pero todo esto era mi gran secreto.
¿El sospecharía algo? ¿Le hubiera gustado verme de grande?
El Flaco Alberto trabajaba en algo relacionado con la salud y había sido compañero de liceo de mi tío Raúl. Vivía lejos de casa, por la zona de Capurro. Nunca supe su estado civil. Jamás me atreví a preguntarlo. Pero no era hombre de andar solo, de eso estoy segura. Venía a casa en ómnibus y le gustaba escuchar cualquier tipo de música. Incluso tenía la paciencia de sentarse a escuchar Menudo conmigo. Varias veces me prometió llevarme al cine, pero nunca cumplió. Me contaba historias que leía o se inventaba. El Flaco era un tipo sensible que daba la impresión de saber escuchar. Y era muy seductor. Me parece que siempre decía algo a la vez gracioso, ocurrente e inteligente. ¿Sería así realmente? Por las dudas no quisiera tener acceso al túnel del tiempo.
Me acuerdo de aquella vez que vino un día de lluvia. No traía paraguas y estaba empapado. Por suerte era uno de esos días en los que no estaba el tío. Yo estaba sola o casi sola.-la abuela estaba con toda su sordera en el fondo mirando telenovelas-. Ni bien llegó me pidió que le prestara una remera de Raúl. Fui al cuarto y le traje la remera más linda que encontré. Se la di. Inmediatamente se sacó el buzo… allí delante de mí. Tal vez suponía que yo no tenía interés en verlo semi -desnudo. Se equivocaba. Esa fue la única vez que lo vi así. Y me gustó más...mucho más que con ropa. Su piel tostada... Daban ganas de tocarlo. Sin embargo no me detuve en esos pensamientos, le hablaba de la escuela, de un libro que me habían prestado. Cuando le empecé a contar que había sido elegida como la encargada de la biblioteca de la clase ya estaba vestido nuevamente. Respiré profundo y seguí hablando de cosas que me importaban bien poco.
Ese es el último recuerdo nítido que tengo del Flaco en el inicio de mi pubertad.
Hace unos meses –cuando empecé a recordarlo en forma persistente- fui a la casa de Raúl y le pregunté como quien no quiere la cosa si había sabido algo del Flaco. Se sonrió al recordarlo y me dijo –No, pah…el flaco..qué recuerdos. Pero se había mudado al centro creo hace años. Alguien me contó que se había casado. Por?-
Por?, por? Por?....yo que sé … porque quiero verlo y punto pensé, pero le dije cualquier otra cosa que el tío se creyó igual. Nunca fue muy despierto que digamos.
Mi tía que oyó la conversación me dijo que supo que el flaco había tenido 2 hijos y que la mujer era enfermera de La Española.
Eran muy pocos datos para buscarlo. Entonces por primera vez me senté y pensé seriamente y me di cuenta que quería verlo. Tenía muchas fantasías con el Flaco. Busqué en la guía telefónica de Internet su teléfono. No figuraba. Tal vez estuviera a nombre de su esposa. Sin embargo encontré teléfonos de gente con su mismo apellido. Precisaba averiguar el apellido materno para ver si así encontraba algún hermano si es que tenía. Mi tía era una perfecta fuente de información para estas cosas. Le dije que estaba organizándole una fiesta sorpresa al Tío y que estaba tratando de ubicar amigos de su juventud y que por eso le había preguntado por el Flaco Alberto. Mi tía quedó entusiasmadísima con la idea y encontró los dos apellidos del Flaco en una lista de alumnos de cuarto año de escuela: Andreoni García. Esos eran los apellidos. Y confirmado tenía varios hermanos, uno de ellos había sido compañero de liceo de la tía.
Nueva búsqueda en Internet. Aparecía uno de los hermanos, un tal Juan José Andreoni García. Llamarlo con la excusa de la fiesta sorpresa por el cumpleaños Nº 50 de mi tío era creíble. Encaré con esa idea. Llamé al teléfono que conseguí. Estaba nerviosa como pocas veces lo estuve. Iba a mentir y no me daba lo mismo. Nunca fui una buena mentirosa. Me atendió una voz de mujer. Expliqué mi teoría. La mujer era la cuñada del Flaco y se acordaba de mi tío. Me preguntó cómo estaba él y me preguntó por toda mi familia. Se ve que tenía buena memoria. Finalmente y luego de hablar de todos mis primos, me dio el teléfono. Lo anoté.
Ya lo tenía. Ahora a llamar al Flaco. Casado, hijos y con cincuenta años. Veintiocho años contra cincuenta. ¿Pero qué estaba pensando yo en ese momento? No sé que pensé, pero esperé a que llegara la noche y lo llamé. La noche siempre me pareció que abriga más. La oscuridad es más compañera que
Las rodillas me temblaron. Del corazón mejor ni hablar. Las manos sudaban y temblaban también al compás de las rodillas.
-Hola, Alberto?
-si, quién habla?.
-Mirá Alberto, no sé si te vas a acordar de mí, yo soy Rocío la sobrina de Raúl Gómez, compañero tuyo de escuela y liceo – no me dejó terminar la explicación
-Rocío! Siii! Pero…¿ cómo estás? ¡Qué sorpresa esta llamada!
-Jaja, si. Tanto tiempo, ¿no?. Te llamo porque estoy organizando con bastante anticipación una fiesta sorpresa para Raúl que en un par de meses cumple 50 años. Y estoy tratando de llamar a todos los amigos de aquella época y obvio que el primero que se me ocurrió fuiste vos Flaco.
-Pero qué bueno Rocío. La verdad que es una alegría bárbara que me hayas llamado.
Ahí me distendí. Le conté que había estudiado arquitectura, que me había recibido hacía unos meses. Le conté que vivía sola en un departamento alquilado cerca del zoológico. Y él me contó que estaba casado, que tenía 2 hijos y que trabajaba en el
Adoré esos minutos de conversación. El recuerdo que tenía no estaba errado. Seguíamos teniendo la misma onda. Me pareció que seguíamos conectados como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado. Volvíamos a coincidir en un montón de cosas. Siempre había sentido como mágicos los encuentros con el flaco y creí que eso seguía manteniéndose.
Más allá de la diferencia de edad que teníamos el Flaco nunca me había tratado como a una nena. Antes y ahora también, me trataba de igual a igual. Y eso me gustaba. Me incluía. Me pareció que tenía una conversación jovial. Como antes.
Esperé unos días su llamada pero no sucedió. Claro…el cumpleaños de mi tío iba a demorar en llegar. Era lógico que también demorara en llamar. A los diez días de mi contacto, exactamente un miércoles a las diez y media de la noche sonó el teléfono en mi apartamento de
–Bueno, si, tenés razón. Capaz que estaría bueno juntarnos y tirar las propuestas que se nos han ido ocurriendo
-Si claro, así además nos vemos ché.
Coincidíamos nuevamente, pero el flaco siempre fue mucho más espontáneo. Yo nunca me hubiera animado a decirle eso.
Quedamos en encontrarnos al día siguiente en un bar a las siete de
Suerte que el día del encuentro yo tuve que salir solo un rato de mañana. El resto del día me quedé en completa quietud física, pero no psíquica. Estuve dedicándome a fantasear. No me iba a preocupar por el baile en el que me había metido con el cumpleaños del Tío, de eso iba a salir de alguna forma. Lo importante era que pude conseguir lo que quería.
A las seis de la tarde me bañé, me arreglé y cuarenta minutos después estaba tomando el ómnibus que me llevaba al café del encuentro. Nunca me había parecido tan banal todo lo que me rodeaba. Cualquier conversación me parecía absolutamente carente de sentido. El ómnibus demoraba mucho en arrancar luego de cada parada. Para mejor justo a mitad del camino el chofer se cruzó con otro ómnibus de la misma línea que venía en sentido contrario. Como justo esa calle estaba bastante tranquila se quedaron hablando de ventanilla a ventanilla. Bromeaban con el fútbol. Hablaban de un asado. En medio de la conversación el guarda comenzó a opinar también. Se reían con risotadas chocantes. Me puse nerviosa. Casi me bajo para tomarme un taxi, pero estaba bien de tiempo. No quería llegar tan temprano. Lamentablemente era verano, y en verano a las siete de la tarde todavía hay sol. La luz, la maldita luz que quita intimidad y nos pone al descubierto. Solo Dios sabe los divagues que pensé en el trayecto del ómnibus. No se salvó nada ni nadie. Las situaciones que imaginé iban desde el plantón hasta el escape juntos fuera del país. Casi olvido tocar el botón de “avise antes de bajar”. Llegué. Había varias mesas ocupadas por hombres solos. Sin mirar muy detenidamente a ninguno de ellos entré al bar, comencé a caminar por entre las mesas con aire de “no me importa”. Estaba segura que nos íbamos a reconocer enseguida. Pero aparentemente el Flaco no estaba allí. Me senté en una mesa contra la ventana y me pedí un café. Cinco minutos después entró el Flaco. Estaba tal cual lo recordaba. El pelo un poco más corto y un poco más canoso. Algunas arrugas marcadas en la frente, pero el resto…igual. Sonreí. Me sonrió. Se acercó a
-Qué alegría verte Rocío!!!
Empezamos a hablar y a recordar un montón de cosas de la época en la que iba por casa seguido. De sus andanzas con el tío. De las cosas que yo le decía –parece que era bastante irreverente con él y eso le hacía mucha gracia. Yo no me acuerdo de haber sido así con él, pero no iba a contradecirlo.
Me contó que además de su trabajo de siempre se había dedicado mucho tiempo a pintar. Incluso había logrado vender algunos cuadros. Me habló de sus hijos, uno tenía doce años y otro ocho. No me habló de su mujer y yo tampoco pregunté. Eso no había cambiado.
Nos divertimos mucho. Me dolía la mandíbula de tanto reírme. Me sentía muy cómoda. Empecé a jugar concientemente con mi condición de mujer joven. Empecé a desplegar un sutil juego de seducción. Después de todo se lo merecía. Es increíble, pero el Flaco era una de las pocas personas que yo podría decir que conozco. Sabía qué le gustaba sin que me lo hubiera dicho jamás. Creo que nos parecíamos mucho, ahí estaba
Del resto del día, no recuerdo nada.